LA BIBLIOTECA SECRETA DE LEOPOLDO
Hay gente extraña —
les gusta pasar las noches leyendo libros.
Otros son aún más extraños —
creen en la magia que se esconde entre las páginas,
en aventuras fantásticas,
en historias de amores imposibles,
en fantasmas que caminan entre los vivos,
y piensan que todo lo que no existe —
quizás sí existe.
En fin, esta historia es para los que son un poco extraños,
como tú y como yo —ya sabes, para los que.
Entonces… escucha.
Si desde el centro del pueblo tomas el camino hacia el monte,
encontrarás una villa vieja y noble,
que lleva ahí mucho tiempo.
Serán unos 350 años
que está ahí en silencio,
observando y respirando despacio
bajo el cielo toscano.
Salones enormes llenos de historia,
pasillos sin fin,
y ventanas grandes como sueños —
pero ahora, en lugar de platos y figuritas de porcelana,
nos regala historias en papel para quien quiera leerlas.
Sí, ahora es la biblioteca del pueblo —
un poco apartada, pero tan hermosa.
Bueno, no se puede tener todo.
Pues bien, sucedió que,
en una noche de verano,
envuelta en un manto de estrellas
y la luz suave de faroles delicados,
la villa se había llenado de voces, música, sonrisas,
y tantas historias contadas y escuchadas,
en voz alta o susurradas,
que se entrelazaban en el abrazo de la fiesta.Sin duda una noche ya especial,
pero presta atención,
porque algo aún más inusual estaba por suceder.
Sí, porque Elisa también estaba allí.
Ojos grandes como el cielo,
cabello oscuro como la noche,
y un libro en la mano — como siempre.
A pesar de todo lo que pasaba a su alrededor,
Elisa prefería leer.
Estaba allí, en el pasillo principal:
entre el jardín y el patio interior,
a medio camino entre lo seguro y el quizás,
sentada en un sillón un poco grande para ella,
sumergida en una historia misteriosa y cautivadora —
en un mundo todo suyo.
Pasa una página, luego otra,
se acomoda los lentes amarillos,
y pasa otra página…
Cuando lentamente
el eco de una música de piano
llegó a sus oídos.
No le prestó mucha atención.
Creyendo que venía del patio,
pasó otra página — y luego otra.Pero pronto se dio cuenta
de que las notas que escuchaba
no venían del patio de la villa,
sino de uno de sus pasillos —
traídas por una brisa suave,
desde lugares lejanos y sin tiempo.
Sin pensarlo mucho,
Elisa se levantó en silencio,
se puso el libro bajo el brazo,
y siguió la música.
Atravesó antiguos pasillos
y salas con estantes llenos de libros
de todos los tamaños y colores imaginables —
arcoíris de pensamientos y palabras en fila
que parecían no terminar nunca.
Mientras la música se hacía más fuerte,
la luz disminuía,
las salas que atravesaba
comenzaban a parecer olvidadas,
las escaleras de piedra que subía y bajaba
gastadas por el tiempo,
los pasillos laterales eran ahora pasajes oscuros
iluminados solo por antorchas en las paredes,
que aparecían y desaparecían en la oscuridad
como respiraciones.Una escalera,
una puerta de madera entreabierta,
otro pasaje,
otra escalera,
y más salas y estantes y libros sin fin.
Luego, de pronto,
una neblina cubrió el suelo
como una marea gentil,
y frente a ella una gran cortina pesada —
entreabierta.
Se veía un poco de luz
y unas pequeñas escaleras de madera.
Las subió, esas pequeñas escaleras,
y la música la envolvió como un abrazo.
En el escenario, velas flotaban en el aire
como luciérnagas en una noche sin tiempo.
Y allí, en el centro,
sentado frente a un piano pequeñito,
había un ratón.
Pero no un ratón cualquiera.
Leopoldo llevaba una chaqueta de tweed verde oscuro,
pantalones marrones planchados con cuidado,
y en su hociquito, unos lentes dorados
que brillaban con una sabiduría antigua y gentil.Sus dedos danzaban sobre las teclas
como si estuvieran contando un secreto.
«Bienvenida, Elisa», dijo, sin dejar de tocar.
«Te estaba esperando.»
Elisa parpadeó, encantada.
«¿Cómo sabes mi nombre?»
«Ah», sonrió Leopoldo, dejando que la última nota
se apagara suavemente en el aire,
«quien ama las historias siempre reconoce a quien las busca.»
Se levantó, se ajustó la chaqueta con un gesto elegante,
y la miró con ojos llenos de estrellas.
«¿Sabes dónde estás?»
«En la biblioteca del pueblo», respondió Elisa,
pero su voz temblaba un poco,
como si supiera que la respuesta era otra.
«Esa la conocen todos», dijo Leopoldo,
bajando despacio del escenario.
«Cada pueblo tiene una que todos conocen.
Pero cada pueblo también tiene otra —
una que casi nadie encuentra.»
Hizo una pausa, los ojos brillando.
«Tú has encontrado la segunda.»• • •
Leopoldo la guió hacia una gran puerta de madera
que Elisa habría jurado que no estaba ahí un momento antes.
Se abrió lentamente, sin ruido,
como un suspiro contenido demasiado tiempo.
Y lo que vio le quitó el aliento.
Estantes infinitos trepaban hacia arriba,
descendían hacia abajo,
se extendían en todas direcciones
como espirales de galaxias hechas de papel y sueños.
Velas flotaban por todas partes,
iluminando libros que parecían respirar,
latir despacio,
como corazones dormidos.
«¿Qué lugar es este?», susurró Elisa.
«Esta», dijo Leopoldo caminando entre los estantes,
«es la biblioteca de los libros nunca escritos.»
Elisa lo siguió, confundida.
«¿Libros nunca escritos? ¿Pero cómo pueden existir?»
Leopoldo se detuvo, se volvió,
y la miró con dulzura infinita.
«Cada historia soñada existe, Elisa.
Cada aventura imaginada antes de dormir.Cada cuento pensado pero nunca puesto en papel.
Todos viven aquí,
en la frontera entre el mundo y el sueño,
esperando.»
• • •
Se detuvieron frente a un estante.
Leopoldo señaló un libro pequeño,
encuadernado en azul como un cielo de verano.
«Tócalo», dijo suavemente.
Elisa extendió la mano, vacilante,
y rozó la portada.
Un calor gentil le atravesó los dedos.
Y por un instante — solo un instante —
escuchó la risa de un niño,
vio un dragón hecho de nubes,
y un castillo construido con almohadas y mantas.
«Este», dijo Leopoldo,
«era el sueño de un niño de seis años.
Una historia que le contaba cada noche a su osito de peluche.
Nunca la escribió.
Pero existe. ¿Ves? Existe.»
Elisa sonrió, el corazón ligero.• • •
Caminaron más,
por pasillos de historias silenciosas,
hasta que Leopoldo se detuvo frente a otro libro.
Este era diferente.
Más grande, encuadernado en cuero oscuro,
con letras doradas que parecían temblar.
«¿Y este?», preguntó Elisa, bajito.
«Este», dijo Leopoldo,
y su voz se hizo suave como una caricia,
«pertenecía a una abuela.»
Elisa lo tocó.
Y sintió algo diferente.
No una risa, esta vez.
Sino una voz cálida, lejana,
que contaba de una niña valiente
que atravesaba un bosque encantado
para llevar la luz a un pueblo olvidado.
«Era la historia que quería dejarles a sus nietos»,
explicó Leopoldo.
«Pero el tiempo… el tiempo a veces corre más rápido que los sueños.
No le alcanzó el tiempo para escribirla.»
Elisa sintió que le ardían los ojos.«Pero está aquí», susurró.
«Está aquí», confirmó Leopoldo.
«Para siempre.»
• • •
Siguieron caminando, en silencio,
hasta que llegaron a un estante diferente a los demás.
Estaba casi vacío.
Solo unos pocos libros, espaciados,
y tantos espacios abiertos, esperando.
En el centro, un libro sin título.
La portada era blanca, limpia,
como nieve recién caída,
como una página esperando su primera marca.
«¿Puedo?», preguntó Elisa.
Leopoldo asintió.
Lo tocó.
Nada.
Ningún calor. Ninguna voz.
Solo silencio.
Pero un silencio lleno,
como un aliento contenido.«Este libro está vacío», dijo Elisa, sorprendida.
«Aún no escrito», corrigió Leopoldo.
«Ni siquiera soñado. Todavía no.
Espera a alguien que encuentre el coraje
de imaginarlo.»
Se volvió hacia ella,
y sus ojos brillaron
como las velas que flotaban alrededor.
«Quizás te espera a ti.
Quizás espera a alguien más.
Pero espera.»
• • •
Elisa se quedó quieta,
mirando aquel libro blanco.
Y comprendió.
Comprendió que cada historia que había imaginado,
cada aventura inventada antes de dormir,
cada sueño que creía perdido al despertar,
existía en algún lugar.
Y comprendió algo más.
Que no hay que tener miedo de escribir.
Porque las historias ya existen —en el corazón, en la mente, en los sueños.
Ponerlas en papel
no es crearlas de la nada.
Es solo abrir una puerta
y dejarlas salir.
• • •
«Tengo que irme, ¿verdad?», dijo Elisa, bajito.
Leopoldo sonrió.
«Tu mundo te espera.
Pero ahora sabes que este lugar existe.
Y sabes que cada historia que sueñes
siempre tendrá un lugar aquí,
la escribas o no.»
Hizo una pausa.
«Pero si la escribes», añadió con una sonrisa pícara,
«podrá vivir también allá afuera.
Y esa, mi querida, es otra magia todavía.»
• • •
Elisa se encontró de nuevo en el pasillo de la villa,
sentada en el sillón un poco grande para ella,
el libro todavía bajo el brazo.
La fiesta continuaba,voces y música y risas,
como si el tiempo nunca hubiera pasado.
Pero algo había cambiado.
Ella había cambiado.
Abrió el libro que estaba leyendo,
miró las páginas,
y sonrió.
Luego lo cerró.
Porque ahora sabía
que las historias más bellas
no son solo las que leemos.
Son las que llevamos dentro,
las que soñamos con los ojos abiertos,
y las que un día,
con un poco de coraje,
nos atrevemos a contar.
— Esta historia fue escrita por Marco Ciappelli para "Storie Sotto Le Stelle"
Each story is currently written and narrated in both Italian and English.
The translation from Italian (the original language) to English and the reading of the stories are performed using Generative Artificial Intelligence — which perhaps has a touch of magic... We hope it has done a good job!
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